lunes, 8 de noviembre de 2010

Benveniste

                                                       Émile Benveniste

Niveles de Análisis:

En un repaso rápido de su teoría, destacamos, en lo referente a las unidades lingüísticas y a la tipología de los estudios lingüísticos 1, su concepción de la lengua como estructura articulada en varios niveles – coincide en esto con el resto de concepciones estructurales -, pero que atiende en su disposición jerarquizada a dos criterios teóricamente inseparables: la forma y el sentido.

         La forma de una unidad se establece en razón de su capacidad de disociarse en constituyentes de nivel inferior: las palabras en morfemas, los morfemas en fonemas, los fonemas en rasgos distintivos o merismas. El sentido de una unidad se define por su capacidad de integrar unidades de nivel superior.

         La unidad oración, en su opinión, se puede segmentar en constituyentes pero no integra unidades de nivel superior. La oración se distingue exclusivamente por disponer de un predicado (categorema en griego, de ahí el nombre de nivel categoremático para el nivel oracional). Sin embargo, los predicados no se oponen a otros predicados; entre ellos puede haber solamente una relación de concatenación. La oración está constituida por signos pero no es un signo que se oponga a otros signos. Los fonemas, los morfemas y las palabras (éstas con mayor dificultad) pueden ser contados, las oraciones no; no es posible hacer un inventario de tipos oracionales. La oración es creación indefinida, variedad sin límite; es la vida misma del lenguaje en acción. Con la oración salimos del dominio de la lengua como sistema de signos y penetramos en otro universo, el de la lengua como instrumento de comunicación cuya expresión es el discurso. La oración es la unidad del discurso. Cuando se la clasifica se atiende a las actitudes discursivas de los hablantes: afirmaciones, interrogaciones, mandatos. Pueden, por consiguiente, establecerse dos lingüísticas diferentes:

a)    La lingüística que estudia la lengua como un sistema de signos.
b)    La lingüística del discurso que estudia la lengua como instrumento de comunicación.

         No es conveniente olvidar que para Benveniste existe prioridad lógica del discurso sobre la lengua: “Nihil est in lingua quod non prius fuerit in oratione”.

         Sin duda, la aportación más importante de Benveniste – tomada como fundamento en algunos modelos pragmáticos – es la que se conoce como teoría de la enunciación 2. Diferencia Benveniste claramente la concepción formal que concibe la lengua como acervo de formas, sometidas a la dialéctica de la paradigmación y la sintagmación, y analiza los componentes estructurales de la lengua de la lengua atendiendo a sus oposiciones y funciones. Mas en esta caracterización no está presente el hablante. Si algo distingue al lingüista francés es el hecho de humanizar, de dar un protagonista claro al análisis estructural (en consonancia con la propuesta posterior de un hablante / oyente ideal de N. Chomsky). Para él las condiciones del empleo de las formas no son las mismas que las condiciones que impone el discurso (las dos lingüísticas ya establecidas). Sin embargo, no hay que olvidar su actitud complementaria, cuando define su postura como “otra manera de ver las mismas cosas”.

         La enunciación es definida como una instancia intermedia entre la lengua (en sentido saussureano) como sistema de signos y el habla (en idéntico sentido) como manifestación expresa de la lengua. Consiste, en principio, en poner a funcionar la lengua por un acto individual de utilización. Es un proceso de apropiación de la lengua por un individuo concreto. La condición específica de la enunciación es el acto mismo de producir un enunciado y no el contenido específico de ese enunciado (distinción importante entre acto y producto resultante, pues, sobre este último trabaja la concepción estructural clásica).

         Antes de la enunciación la lengua no es más que posibilidad de lengua; después de la enunciación la lengua se manifiesta como una instancia de discurso que emana de un locutor. Esta apropiación individual lleva implícita otra de las características esenciales de la enunciación: la instauración del receptor. La enunciación lleva implícita la alteridad, por esa razón su dominio específico es el diálogo. La otra característica esencial de la enunciación – y la más destacada tradicionalmente – es su capacidad (“transparente”) de permitir una relación con la realidad, con el mundo, sustituyendo mediante signos los objetos de percepción y de conocimiento.

         El objetivo principal de Benveniste es el de caracterizar formalmente la instancia de enunciación, descubrir sus huellas, sus manifestaciones explícitas; no se limita a consideraciones de filosofía lingüística. En este sentido, distingue dos tipos de recursos: los calificados como permanentes y los calificados como variables o incidentales. Entre los primeros figuran, en primer lugar, las marcas de persona, ya en su manifestación verbal o pronominal. En segundo lugar, las marcas de tiempo (“el presente” – inexistente para muchos lingüistas – tiene razón de ser como indicador temporal que establece la enunciación y sirve para organizar el tiempo en pasado y futuro); y, en tercer lugar, las marcas de espacio. Las manifestaciones de tiempo y lugar tienen una manifestación gramatical variada (deícticos), siendo su característica principal su significado variable: “yo”, “aquí” y “ahora” cambian su significado denotativo en cada enunciación.
      
   Las otras características variables de la enunciación dependen del deseo de todo sujeto hablante de implicar o influir sobre el interlocutor. Se explican así las diversas intenciones comunicativas: aseverativas (afirmativas y negativas), exhortativas, interrogativas, dubitativas, etc. Estas diversas intenciones suelen explicitarse por medio de los recursos suprasegmentales, por la modalidad verbal (las tradicionales consideraciones del subjuntivo como manifestación del deseo y de la duda) y por el significado de determinados adverbios (“quizás”, “probablemente”, “posiblemente”, etc.).

         Ya hemos señalado que el ámbito propio de la enunciación es el diálogo, pudiendo establecerse dos modalidades diferentes:

a)    Diálogo sin enunciación: disputas por medio de refranes o el llamado “diálogo de besugos”, tan propio del teatro del absurdo.
b)    Enunciación sin diálogo: es el caso del monólogo (aunque casi siempre se instaura al propio yo como interlocutor).

         Benveniste distinguía también entre enunciación oral y enunciación escrita, recuperando para esta última la teoría tradicional de los distintos estilos, como recursos habituales para establecer enunciaciones diferentes de las del sujeto que realmente enuncia.

         En un trabajo anterior 3 utilizaba las nociones de “subjetividad” y “manifestaciones de la subjetividad”, por las de “enunciación” y “aparato formal de la enunciación”. Además de los recursos permanentes (persona, tiempo y lugar), apuntaba también el papel especial de los que denominaba verbos de palabra (jurar, prometer, garantizar, certificar…), capaces de no describir o referenciar un proceso de la realidad (como ocurre cuando se los utiliza en tercera persona), sino que utilizados en primera persona tienen como característica última la de crear el acto mismo, son en sí mismos el juramento, la promesa, la certificación, etc. Este tipo de actos enunciativos fueron postulados por Benveniste – como él mismo reivindica – antes que el filósofo Austin 4 distinguiera entre enunciados constatativos (los que designan o describen una determinada realidad) y enunciados performativos o realizativos (los que instauran el acto mismo de comunicación).

         Benveniste y Austin coinciden en la misma actitud de fondo: la rotura con una concepción exclusivamente transparente o representativa del lenguaje humano y la propuesta de una concepción reflexiva u opaca, pero se diferencian en el alcance lingüístico que asignan a esa nueva concepción. Benveniste 5 se distancia de Austin cuando insiste en la necesidad de reforzar las manifestaciones formales de la instancia de enunciación. Establece los siguientes casos:

a)    Los saludos y las formas de cortesía que por su reducción formal esconden su primitivo sentido performativo.
b)    Propiamente performativos serían aquellos enunciados con verbos de declaración o de deseo conjugados en presente y primera persona: “ordeno que…”, “mando que…”, “proclamo electo a B”, “yo te bautizo”, etc.; debiendo el sujeto hablante estar dotado de la autoridad jurídica o moral necesaria para hacer efectivos esos actos. Son excepción formal, pero tienen naturaleza de acto performativo, las formulaciones jurídico – políticas en tercera persona.

         Benveniste, sin embargo, niega carácter performativo a las construcciones en imperativo y a determinadas fórmulas que suelen utilizarse en anuncios públicos (“Atención: perro”), ya que, en su opinión, la naturaleza performativa de un enunciado no tiene nada que ver con su efecto en la conducta del receptor.

         De cualquier forma, ha sido la posición de Austin 6, sobre todo, por la difusión y amplia crítica que de ella ha hecho J. Searle 7, la que ha terminado generalizándose. El filósofo del lenguaje ordinario distingue entre:

a)      Acto performativo explícito: coincide con la tipología de performativos establecida por Benveniste.
b)      Acto performativo implícito: concede este carácter a los imperativos y a las fórmulas de prohibición a advertencia señaladas.

         Con esta distinción deja de tener sentido la diferencia entre constatativo y performativo. No existe ningún enunciado que no sea un acto, que no se presenta explícita o virtualmente como tal. Los enunciados que antes se consideraban constatativos se revelan como otro tipo implícito de enunciado performativo: la aserción. Todos los enunciados son, pues, tipos particulares de enunciados performativos. Por esta razón Austin termina distinguiendo en todo enunciado dos instancias:

a)    Locucionaria: lo que se dice (el contenido preposicional) en un enunciado.
b)    Ilocucionaria: la diferente modalidad o intención comunicativa del sujeto hablante.

         En la actualidad, por desgracia, son los planteamientos austinianos desarrollados por Searle los que han terminado imponiéndose, si exceptuamos la continuación de la obra de E. Benveniste en el grupo francés de análisis del discurso encabezado por Culioli 8.

1 E. BENVENISTE: “Los niveles del análisis lingüístico”, en Problemas de lingüística general, I, Siglo XXI, México, 1974 (4ª edc.), pp. 118 – 130.
2 E. BENVENISTE: “El aparato formal de la enunciación”, en Problemas de lingüística general, II, Siglo XXI, México, 1979, (3ª edc.), pp. 82 – 91.
3 E. BENVENISTE: “De la subjetividad en el lenguaje”, en Problemas de lingüística general, I, o. c., pp. 179 – 187.
4 J. L. AUSTIN: Ensayos filosóficos, Revista de Occidente, Madrid, 1975.
5 E. BENVENISTE: “La filosofía analítica y el lenguaje”, en PLG, I, o. c., pp. 188 – 197.
6 J. L. AUSTIN: Cómo hacer cosas con palabras. Palabras y acciones, Paidós, Barcelona, 1982.
7 J. R. SEARLE: Actos de habla. Ensayo de filosofía del lenguaje, Cátedra, Madrid, 1980.
8 D. GAMBARARA: “Segno e soggetto da Benveniste alla semiologia francese contemporanea”, en Lingua, discorso, società, AAVV, Pratiche Editrice, Parma, 1979, pp. 5 – 33.

Extraído de: http://www.um.es/tonosdigital/znum7/peri/peri.htm

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