sábado, 6 de noviembre de 2010

Lingüística en la Antigüedad

Ideas lingüísticas en la Antigüedad

La historia de la lingüística muestra que los estudios sobre el lenguaje aparecen intrínsecamente ligados al uso y a la expansión de la escritura. Esa correlación no es extraña si se piensa que la escritura permite, junto con la “objetivación” del lenguaje, el desarrollo de la capacidad metalingüística, según han notado diversos psicolingüistas. La etimología parece corroborar la correlación: la palabra gramática, que hemos heredado del griego grammatikós, es una derivación de grámmata [‘aquel que comprende el uso de letras y puede leer y escribir’] y de téchné grammatiké [‘la habilidad de leer y escribir’].

La expansión de la escritura es, pues, una primera condición necesaria para que nazca la reflexión sobre el lenguaje, que se ve estimulada por ciertas situaciones de tensión lingüística, motivadas generalmente por hechos económicos, sociales o políticos. El caso más claro de tensión lingüística es la diglosia, esto es, la situación que se produce cuando dos o más lenguas o dialectos se distribuyen las distintas funciones comunicativas en el seno de una comunidad determinada. Una situación de ese tipo se percibe, de hecho, en el momento en que comienzan los estudios lingüísticos y gramaticales de la Antigüedad (siglos V-IV a.C.). El griego se había dividido progresivamente en dos dialectos diferentes: el estándar literario y el griego hablado [koiné]. Ese hecho lingüístico era producto de la expansión territorial de Atenas, que supuso, a su vez, la enseñanza de un griego estandarizado a hablantes no nativos y el estudio creciente de la literatura helénica clásica, escrita en una variedad lingüística que no era inmediatamente accesible para los hablantes. En ese contexto sociocultural, se hizo necesario establecer la gramática y la fonética del griego “correcto”, y ese fue el punto de partida para una serie de polémicas filosóficas acerca de la naturaleza y el uso del lenguaje.
En cuanto a la reflexión teórica, se reconocen dos ejes fundamentales que articulan las principales discusiones sobre la naturaleza del lenguaje en Grecia y, más tarde, también en Roma. Por un lado, se puede distinguir una oposición (planteada en el Cratilo de Platón) entre esencialistas y convencionalistas.
Así, los filósofos estoicos suponen que la relación entre los nombres y los objetos nombrados está “naturalmente” motivada o, en otros términos, que hay una relación necesaria entre las cosas y sus nombres. Ello implicaría que todas las palabras se originan como onomatopeyas (por ejemplo, ring, ay, quiquiriquí), en las que encontramos una semejanza con sonidos no articulados de la “realidad”. Otros autores, como Aristóteles, rescatan en cambio la arbitrariedad de la relación entre los signos y las cosas y el carácter básicamente convencional de todas las palabras (incluidas las onomatopeyas).
Por otro lado, puede trazarse una oposición entre analogistas y anomalistas, es decir entre los que conciben a la analogía (es decir, las regularidades) como la propiedad definitoria de la lengua (por ejemplo, Aristóteles), en oposición a aquellos que destacan su carácter anómalo o irregular (por ejemplo, los estoicos). Esta última oposición, a su vez, se cruza con ciertas posiciones normativas sobre el “buen griego”, ya que, generalmente, los analogistas suelen considerar que la lengua correcta se restringe a un conjunto de fenómenos mucho más acotado que los anomalistas.

Con respecto a la descripción de la lengua, una revisión desde la perspectiva de la lingüística moderna deja ver que los avances griegos en materia etimológica han sido muy limitados, ya que se basan en intuiciones e hipótesis muy poco científicas. En cambio, la sistematización de la fonética, impulsada en parte por la necesidad de unificar una lengua con un amplio alcance territorial, obtuvo más logros, incluyendo una clasificación de los sonidos desde el punto de vista articulatorio, el reconocimiento de la sílaba como unidad y un conocimiento rudimentario de los procesos fisiológicos involucrados (que, de hecho, han permitido a los estudiosos modernos reconstruir el sistema fonético del griego). El terreno en el que los estudios griegos sobre los fenómenos lingüísticos parece más rico es la gramática. El nacimiento de la gramática griega puede fecharse en el siglo V a.C, en consonancia con las primeras discusiones filosóficas de Sócrates, Platón, Aristóteles y los estoicos en torno a la naturaleza del lenguaje. Los dos gramáticos griegos más representativos pertenecen a la llamada escuela alejandrina: Dionisio el Tracio (circa 100 a.C.) y Apolonio Díscolo (siglo II d.C.). Ambos gramáticos hacen hincapié en las clases de palabras, siguiendo el denominado modelo de la palabra y el paradigma, que estudia las características definitorias de las clases de palabras, así como los paradigmas flexivos que constituyen las palabras variables. Dionisio reconoce ocho clases de palabras (nombre, verbo, participio, artículo, pronombre, preposición, adverbio, conjunción), en una clasificación que sería retomada casi sin cambios en las gramáticas latinas y durante la Edad Media. Distingue las cinco primeras clases por ser variables, describiendo en detalle las categorías morfológicas que puede expresar cada una (género, número, caso, tiempo, aspecto, modo, voz, etc.). Por su parte, Apolonio hace mayor hincapié en la relación entre las categorías morfológicas y la sintaxis, esto es, en las relaciones de rección y de dependencia o concordancia entre diferentes constituyentes de la oración (i.e., sujeto y verbo, nombre, adjetivo y artículo, verbo y caso de sus complementos, etcétera).

Desde el punto de vista teórico, los gramáticos romanos se consideran meros continuadores de los griegos, aunque se reconoce originalidad al trabajo de Varrón (116-27 a. C.), de quien se conservan 6 de los 25 volúmenes de De lingua latina, una obra monumental dedicada a la etimología, la morfología y la sintaxis del latín. A Varrón se debe la primera distinción entre la morfología flexiva (que se ocupa de la declinación, según su terminología, y que es básicamente regular y uniforme para todos los hablantes) y la morfología derivativa (que permite acrecentar el vocabulario y que es mucho más variable en uso y aceptabilidad entre los hablantes).

A mitad de camino entre la Antigüedad y la Edad Media, Prisciano (siglo V) sigue básicamente el modelo teórico de la palabra y el paradigma de Dionisio el Tracio. El mayor logro de su Institutiones grammaticae consistió en establecer una sistematización del latín utilizado en la literatura latina clásica, que sirvió como obra de referencia y autoridad en la Edad Media (durante la cual llegaron a contabilizarse más de mil manuscritos que circulaban en los diversos países europeos).

Copiado de: http://www.educ.ar/


 

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